SEKHMET. EL REGRESO DE LA DIOSA.

A finales de los años 90 en medio mundo, miles de personas comenzaron a tener sueños muy intensos y misteriosos. En todos ellos aparecía una extraña y desconocida figura. Era un ser poderoso, que te llenaba de pavor, de miedo y, siempre estaba unida a la destrucción regeneradora. Su figura, con cuerpo de mujer y cabeza de leona atemorizaba a todos cuantos, en la noche, se encontraban con ella. Mucha gente, en todo el mundo, relataba su encuentro, pero no podían entender lo que significaba, ni quien era esa poderosa mujer. Aquel misterio llego hasta mí y, sin quererlo, me vi envuelto en un extraño viaje en el que comprendería algo de lo que estaba pasando. La extraña figura de mujer, me llevo hasta Egipto, solo allí podía existir alguien como ella.


EL ORIGEN DE LAS CIVILIZACIONES:

 

Nada más poner un pie en el aeropuerto del Cairo, sucede algo inexplicable que te revoluciona por dentro. Todo tu ser se ajusta a una nueva frecuencia y la realidad comienza a vivirse de otro modo. Siempre me ocurre, cada vez que aterrizo en esa gigantesca y caótica ciudad, siento como me transformo. El primer impacto para los que llegan por primera vez te lo produce el ruido. Una tormentosa sinfonía de cláxones que suenan por la ciudad avisando del tráfico más salvaje que uno pueda imaginar. En aquella ocasión, las cosas con el vecino Israel, volvían a estar movidas, una nueva crisis agitaba la sagrada tierra del oriente y eso se hacía notar en la ciudad.  Habían llegado millones de refugiados que se sumaban a los 20 millones de habitantes que ya tenía la ciudad más grande del continente. Pero El Cairo era capaz de engullir a toda esa marea humana sin inmutarse. La ciudad de los muertos serviría para albergar esas nuevas almas que se acercaban al brillo de las luces y al ruido de los coches. Afuera en el aeropuerto, un taxista loco me esperaba para recogerme. No hablaba ni papa de inglés y mucho menos español. Tan solo gritaba, en castellano, como un poseso, tratando de hacerse oír entre la música árabe que atronaba en su coche: ¡¡¡¡OTRO VIAJE, OTRO VIAJE¡¡¡ MIENTRAS REIA como un loco. Como ya conocía la aventura del tráfico en el Cairo, me agazape en el asiento y deje que los dioses se hicieran cargo de mi alma y me protegieran, como siempre sucedía cuando llegaba al Cairo. Tras más de una hora de jugar a los coches de choque y de sortear camellos, burros, coches desvencijados llegue a mi hotel. Un viejo edificio colonial en el centro de la ciudad muy cerca del museo de antigüedades. Dos libras de propina hicieron que el taxista loco me llenara de babas mientras me besaba agradecido. Le oí salir zumbando alzando su voz con su grito de guerra OTRO VIAAAJJJEEE... Tuve el tiempo justo de descansar y sacar mi billete de tren hacia Luxor, hacia la antigua Tebas, justo el centro del universo, la cuna de todas las civilizaciones.


EL VIAJE EN TREN.


El tren, un viejo convoy heredado de las líneas férreas húngaras, atravesaba el país sin prisa, dejándonos gozar del paisaje mientras la vida se asomaba por las ventanillas. Allí me di cuenta, que para muchos pueblos, a diferencia del mundo occidental, la vida es un regalo. Un regalo de los dioses que hay que saber apreciar. Vivir es la mejor oración que uno puede lanzar al aire. Es el mejor regalo que, aquellos dioses primigenios, esperan de los humanos que deambulan por este planeta. Y así lo aprendí, y lo agradecí. ¡¡¡Estaba vivo, estaba gozando de la existencia y del regalo de existir¡¡¡. Casi a mediodía, cuando el sol apretaba, pude ver la fantástica imagen de la montaña tebana. Llegaba a mi destino.  El Valle de los Reyes apareció ante mí. Allí, sin saberlo aun, tenía una misteriosa cita.


EL ENCUENTRO CON LA DIOSA   

No era fácil  encontrar la capilla que albergaba aquella misteriosa estatua. Apartada de los caminos transitados por turistas se escondía a los ojos de los neófitos,  reservando su misterio. No me costó demasiado, una vez dentro del templo, convencer a uno de los guardianes para que me llevara hasta la pequeña capilla que albergaba a la Diosa. Se trataba de la diosa Sekhmet, la señora de la destrucción, esposa del rey Pthat, el dios de las tinieblas. Todo un simbolismo para lo que estaba a punto de ver.

“En el libro de la Vaca divina, se relata el cataclismo producido por un trastorno temporal de las relaciones entre dioses y hombres.
En ese texto se describe el momento en el que los hombres traman una serie de planes malvados contra el Dios Ra.
La diosa vaca Hathor, como representante del ojo de Ra, se da cuenta y venga esta afrenta persiguiendo a los hombres.
En ese momento se transforma en la sanguinaria Sekhmet.
Este mismo texto nos relata cómo esta divinidad, en el éxtasis de su matanza disfrutaba bañándose en la sangre de sus víctimas.
Ra, finalmente se apiada de la humanidad y para evitar que Sekhmet continué con la matanza de seres humanos, la engaña inundando el campo de batalla con vino, liquido que la diosa confunde con la sangre de sus víctimas.
De esta manera Sekhmet se emborracha y salva así al resto de la humanidad.
Sekhmet, era adorada en multitud de templos en la antigüedad. A veces compartía la capilla con su esposo, el Dios Ptah.
Y ha transcendido hasta nosotros las extraordinarias facultades curativas de esta Diosa.
Las propias imágenes de la diosa eran celebres por sus curaciones. Aspecto benéfico que  convirtió a la diosa egipcia en patrona de la medicina, algo que contrasta con su leyenda y mitología sanguinaria”.


Estaba a pocos pasos de la misteriosa y desconocida capilla y allí, sin quererlo ni beberlo, me vería empujado, a punto de traspasar una puerta, que según mi guía, me trasladaría a otro mundo. Y podría hacerlo, si era capaz de vencer el miedo. Mis miedos.

EL GUARDIAN DE LA CAPILLA:

Tras apartarme de la sala de columnas, y recorrer un polvoriento sendero pude ver al fondo una pequeña construcción.  Según mi guía, era la capilla donde se guardaba a la Diosa.Por entonces, nadie se acercaba hasta el lugar, solo los locos como yo que habían sentido su llamada..En la puerta había un guardián que se sorprendió con mi visita.Pronto sonreiría, adivinando la propina que, ese día le entregaría el extranjero que se había acercado hasta aquel aislado lugar. Le dije que quería entrar yo solo en la capilla, y no me dejo... Me costó convencerle. Quería y debía estar a solas con aquel ser que me había llamado en la distancia. Por fin accedió, y me abrió la pesada puerta.
Dentro, la oscuridad...Cuando me hube acostumbrado a la falta de luz, pude ver que la sala se hallaba dividida en tres estancias pequeñas y rectangulares. Frente a mí, la sala de entrada,  justo en el centro pude percibir  una especie de figura extraña. Cuando por fin mi retina se acostumbro a la falta de luz, distinguí una estatua. Le faltaba la cabeza y era de granito negro encima de un pedestal. Correspondía al Dios Pthat, el marido de Sekhmet, el dios de las tinieblas. No habían podido escoger mejor el lugar para colocarle...A la izquierda había otra pequeña sala, entre, y la encontré vacía... solo me quedaba la sala de la derecha, allí debía de estar ella.

LA DIOSA. EL REGRESO...

Avance  en medio de aquellas tinieblas y apenas atravesé el umbral de la pequeña capilla pude sentir su figura. La primera impresión me hizo retroceder, allí dentro había algo que se había movido. Vi claramente como una figura de dos metros de altura con algo en la cabeza se había movido, como si alguien la hubiera pillado fuera de su lugar. No lo podía creer, pero… A medida que mis ojos se fueron acostumbrando pude distinguir algo más. Hacia el fondo de la sala, se encontraba una figura, algo que tenia vida y que al parecer no esperaba visita aquel día. Como puede, venciendo mí miedo, me acerque hasta la imponente mole que se hallaba ante mí. Poco a poco comencé a distinguir sus rasgos. Era negra, figura estilizada de mujer, con los brazos a lo  largo del cuerpo. Su cabeza era la de una leona amenazante. En su cabeza un sol, símbolo de la divinidad. A tres metros de ella, me fui acostumbrando a su presencia. Poco a poco, fui venciendo el temor y decidí adelantarme. Toda su figura estaba envuelta en una especie de aura de color amarillo, una extraña energía la rodeaba. Al acercarme a ella, sentí que su semblante amenazante se transformaba. A pocos centímetros de la figura vi como su rostro se convertía en algo más dulce. Entonces, una voz dentro de mi sonó:
--- Puedes acercarte si lo deseas...
Sin preguntarme más, así lo hice, di dos pasos más y acerque mis manos hacia ella. Dude un instante, luego, me deje llevar. Al poco estaba acariciando su cuerpo. El tacto era extrañamente cálido para ser, aparentemente, una estatua de piedra. Sentí un escalofrió al acariciar su cara. Y vi como sus ojos se llenaban de una expresión nueva. ¡¡¡Era difícil de creer, pero aquella estatua podía sentir mis caricias¡¡¡. Después, se estableció una comunicación entre nosotros. Podía sentir cómo esa extraña energía, ese aura que envolvía la estatua se fundía con la mía, rodeándome y llenándome de una ternura nueva. No sé el tiempo que paso, pero en aquellos instantes sé que establecí una conexión con algo desconocido para mí. Pude sentir, incluso, en un momento determinado, como esa figura de piedra se transformaba bajo mis caricias. A veces su semblante era tierno, otras, se llenaba de tristeza. Era como si, un ser divino, hubiera sido condenado a permanecer atado a aquel lugar por siglos, como una especie de  prisión que la mantenía encadenada a aquella pequeña capilla.  Todo su trabajo era poder establecer contacto con los humanos.  Y la forma de hacerlo era llamarles en sus sueños. Entraba en nuestros sueños y nos llamaba para llegar hasta aquel lugar, hasta aquella misteriosa capilla de la resurrección. Por momentos sentí que la tenue luz aumentaba y, que surgían palabras del fondo de la piedra que conformaba a aquel ser. La sensación que recibí, se repitió, era una especie de apremiante llamada para  ir a visitarla. Como si alguien vivo hubiera sido recubierto de una capa de piedra y necesitase la energía de los humanos para revivir. Para revivir y recibir el mensaje. Necesitaba nuestra presencia y  que los hombres, o al menos un grupo de hombres, fuera capaz de comprender, de llegar a atravesar esa otra orilla y, entender que la vida sigue adelante, que la vida es eterna. Y que nosotros, ya tenemos en nuestro interior, el don.


El don de la inmortalidad.

El vigilante toco la puerta. Era el momento de marcharse. No sé el tiempo que había transcurrido, pero los dos, “ella” y yo, supimos que era la hora de despedirnos.  Así lo hice, así lo hicimos. Nos estrechamos en un abrazo, incluso pude sentir como su energía se fundía con la mía.  Una última mirada me aparto de ella. Antes de salir y de cerrar la puerta de la capilla, le hice promesa. Volveré, y no volveré solo, conmigo traeré cada vez a humanos, a gentes que sean capaces de sentirte, capaces de saber que “el don” esta dentro de nosotros. Y así, cada año, al menos una vez, en una especie de peregrinación, me acerco- nos acercamos- hasta esa pequeña capilla de Sektmeth y,  no voy solo. Un grupo de amigos, me acompaña. Tengo la esperanza de que también ellos sean capaces de percibir lo que yo sentí en presencia de la diosa Tengo la esperanza de que “ellos” también sean capaces de apreciar, de que al menos allí, en ese país, en ese lugar, estamos más cerca de la inmortalidad...