EL CAIRO, 2 DE ENERO DE 2010

De repente, la música comenzó a sonar y explotó la fiesta. Los músicos se hicieron los dueños de aquel fantástico momento y todos nos vimos envueltos en una magia indescriptible.


Estaba en uno de mis lugares favoritos de El Cairo, «el café de los espejos», El Fishawi, que se jacta de ser el único establecimiento del mundo que no ha cerrado ni un solo día desde hace doscientos años.

A pesar de su fama, se trata de un local poco mayor que un pasillo, con minúsculas mesas y varios espejos colgados en sus paredes. Pero ¡es el mejor lugar del mundo para comenzar un viaje! Sobre todo, después de la medianoche, cuando es abandonado por las hordas de turistas que invaden el país atropellados por las prisas de su mundo.

Cuando ellos se van, El Cairo y El Fishawi te muestran su mejor cara. Allí, mientras saboreas un té y una sisha, puedes entablar conversación con los tipos más peculiares del mundo.

Es una cita obligada en mis viajes a Egipto, y siempre he encontrado personajes amables que te abren la mente: embajadores de países imposibles que recalan en El Cairo, corresponsales de todo el mundo, profesores, arqueólogos, historiadores, espías… Y mujeres, artistas que terminan sus trabajos en la televisión egipcia y se van allí a fumar, desmintiendo el tópico de que las mujeres no salen por la noche en los países árabes.

¡Era toda una fiesta¡ Y aquel día, a primeros de año, lo estaba reviviendo de nuevo!

La música hizo saltar todo en pedazos y, sin querer, animados por ella, nos pusimos a dar palmas y a demostrar una alegría sincera, muy difícil de ver en nuestro mundo, sin la ayuda del alcohol.

Traté de ser consciente de todo lo que ocurría a mi alrededor y me llené de la atmósfera que me rodeaba.

A las tres de la mañana me retiré. Era hora de preparar mi viaje hacia el sur del país. Comenzaba mi búsqueda de esas huellas que, los dioses habían dejado en éste planeta.

Mi primera etapa era Asuán.

Mientras viajaba hacia allí, en un viejo tren, recordé una de mis primeras visitas a la zona. El momento en el que por primera vez descubrí «la isla de los dioses».

Jamás lo olvidaré. Allí encontré una de las claves que me haría comprender muchos de los misterios que más tarde hallaría por el mundo.

LA ISLA DE LOS DIOSES.

Asuán es, para mí, una de las caras amables de Egipto. Esa es la sensación que tengo cada vez que recalo en la ciudad, desde mi primer viaje en los lejanos años ochenta.

La ciudad, recostada sobre el Nilo, nos muestra la parte más reposada y dulce de Egipto.

Recuerdo con nostalgia la primera vez que estuve allí, me fui a pasar unos días con un gigante Nubio que vivía en la otra orilla del Nilo, en la oeste, la orilla de los muertos.

ASUÁN, ABRIL DE 1981

Le conocí en mi primer viaje. Iba a contratar una faluca para navegar por el Nilo cuando él, Nasser «el Gigante», me abordó. Era un pescador nubio que, en sus ratos libres, se dedicaba a transportar a la otra orilla a los arqueólogos, estudiosos o historiadores, que eran las únicas personas que en aquella época se acercaban por la zona. Yo no me consideraba ni una cosa ni la otra, pero acepté su invitación para subir a la barca y nos lanzamos al Nilo.

Hay pocas sensaciones comparables con la experiencia de viajar, arropado por las velas y, empujado por el viento, mientras surcas ese legendario río. El silencio se adueña de todo, sólo se siente el rumor del agua rasgada por la proa de la faluca y, el suave susurro del viento que, te hacen viajar en el tiempo.

Navegamos hacia el sur, hacia las antiguas cataratas, en dirección a una isla conocida como Sehel.

Desde la construcción de la presa de Asuán, las cataratas casi han desaparecido. Ahora los únicos peligros eran, los remolinos que se forman en la zona en la que confluyen dos brazos del Nilo. Allí, el río es poderoso y las corrientes dificultan la travesía, pero la pericia de Nasser hizo el trance más liviano, pues consiguió remontar enseguida la peligrosa corriente.

Ya en aguas más tranquilas, pudimos entablar una conversación. Nasser vivía en una isla cercana, un lugar en el que, desde hacía años, se había asentado la gente de su tribu, los nubios, todos ellos altos, negros, fornidos, orgullosos y bellos.

Me contó cómo era su vida. Tenía tres hijos y dos mujeres, vivía de la pesca y de algunos viajes que realizaba con extranjeros como yo, a los que llevaba a yacimientos arqueológicos del otro lado del Nilo.

Había algo en él que me hacía sentir cómodo y no dudé ni un instante en aceptar su invitación para acercarme a su poblado.

Cuando llegamos, unos niños se bañaban en la orilla, me sumé a ellos y me lancé al agua fresca del río de los faraones. Tras unos minutos de fiesta, me vestí y acompañé a Nasser, que sonreía viendo la escena, hasta su casa. Era modesta. Había varias mujeres vestidas de negro que, me miraron extrañadas. Pocos extranjeros debían de visitar su morada, pero no se mostraron preocupadas.

Nasser me pidió que me acomodara y, enseguida, me sirvieron un té y algunos dátiles, los dulces del desierto. Me tumbé en unos cojines protegido por una sombra de cañas y, dejé que la vida me regalara unos momentos mágicos.

Nasser, tras disponerlo todo, me dijo:

¾Vas a comer con nosotros, después te llevare a tu isla.

No me dio alternativa.

Arroz con verduras, que estaba delicioso, fruta fresca y pescado, que, rechacé amablemente (me lo prohíbe mi religión), fue el banquete que me prepararon.

En la sobremesa, Nasser me habló de su mundo y de algunas extrañas experiencias relacionadas con la isla que me interesaba. Me dijo:

¾Muchas noches, cuando no hay luna, desde el poblado vemos unas extrañas luces que se posan en lo alto de la isla de Sehel. Estas luces bailan durante un buen rato, suben, bajan, se posan sobre las rocas y, después, se pierden en el cielo. Entonces, nadie se atreve a acercarse allí. Son las luces de los antiguos dioses.

Desde que oí hablar de la misteriosa isla de Sehel, situada a tres kilómetros de la famosa isla elefantina, el lugar donde reposó el arca de la alianza, en su largo viaje hacia lo desconocido, siempre me había fascinado su historia, llena de leyendas.

La isla, durante mucho tiempo, estuvo dedicada a la diosa Satis, protectora y guardiana de las fronteras de Nubia. Una diosa muy venerada porque, su poder provocaba las inundaciones del sagrado río Nilo.

El lugar, desde muy antiguo, había ejercido una extraña atracción sobre los faraones egipcios. Entre las rocas de la isla se encuentran, aún en nuestros días, numerosos restos de estelas o textos rupestres, testimonio de la importancia que la zona tuvo a lo largo de la historia de Egipto.

Muchos faraones egipcios se acercaron hasta allí, sorteando los peligros de las cataratas, para dejar su cartucho, su firma. Y esto es algo que extraña a los historiadores y expertos. ¿Por qué muchos de los gobernantes del Antiguo Egipto viajaban hasta aquel lugar lejano, peligroso y abandonado para dejar su impronta?

No tenemos respuesta; sólo sabemos que allí ocurría algo misterioso.

Tras saborear un nuevo té junto a mis anfitriones, Nasser me hizo una extraña invitación.

¾¿Por qué no te quedas con nosotros a pasar la noche? Así no tendrás que regresar a Asuán, podremos visitar la isla y, si los dioses desean hacerse visibles esta noche, tú mismo podrás ver esas extrañas luces.

La idea era sugerente. Nunca había estado en un poblado nubio y no tenía compromisos, ni nada que me retuviera en la ciudad, así que acepté encantado.

Nasser puso a punto la faluca y, en unos minutos, navegábamos, de nuevo, por el Nilo, rumbo a la isla de los dioses.

 

LA ISLA DE LOS DIOSES

No tardamos en avistar la isla de Sehel, una pequeña porción de tierra en mitad del río Nilo.

Cerca de la orilla, una playa arenosa invitaba al baño. Siempre me ha gustado, como si de un ritual se tratara, sumergirme en todos los ríos que visitaba en mis viajes por el planeta. Así que, mientras Nasser se acercaba a tierra, me zambullí en el agua. Estaba fría, a pesar del calor del desierto cercano, y la sensación me llenó de vigor y ganas de vivir.

Nasser atracó y, cuando terminé mi baño, recorrimos juntos unos quinientos metros por una subida arenosa, hasta llegar al inicio del solitario roquedal. A nuestro lado, había montones de rocas rotas, ajadas, destrozadas por los cambios de temperatura, como si las hubieran cortado con un cuchillo gigante. En muchas de ellas se veían las extrañas inscripciones, uno de los misterios de la isla de Sehel.

Como me había adelantado Nasser, muchos de los faraones de la historia habían viajado hasta allí, para dejar su nombre enmarcado en un cartucho: su firma, la prueba de que habían estado en el lugar. Y, junto a ellas, multitud de figuras.

Me quedé absorto observándolas.

Después ascendimos entre las rocas, mientras el sol daba paso a la noche. Ya no hacía tanto calor y, pudimos subir cómodamente, la larga cuesta que nos llevaría hasta la Estela del Hambre, el objeto de mi visita.

No me imaginaba cómo podía ser esa extraña estela. Eso hizo que mi emoción aumentara a cada paso que daba.

Tras remontar las últimas piedras, llegamos a una pequeña meseta que llevaba directamente hasta ella.

Su imagen me dejó mudo.

Era un gran bloque de piedra, partido en dos por efecto de la erosión. En ella, había un texto de treinta y dos columnas grabado en la cara este. La piedra se erguía como un mudo misterio aún sin resolver. Estaba, por fin, ante «la Estela de famine, o del hambre».

Allí estaba, en compañía de Nasser, el gigante nubio, en mitad de aquella isla, cumpliendo un sueño, mientras contemplábamos cómo el sol, se ocultaba tras las arenas del desierto cercano.

Mientras admiraba aquella maravilla me vino a la mente una de las teorías, menos reconocida, acerca de la famosa estela. La recogían los astroarqueólogos y fue el investigador Davidovits quien la descubrió para el mundo. Según esta panda de «locos geniales», en la estela figuraba la fórmula dada por los dioses a los humanos para ¡reblandecer las piedras! De esa manera conseguirían construir monumentos en honor de los dioses, de una manera mucho más rápida y sencilla.

Sonaba a locura. Aunque para muchos era la razón de tantas y tantas visitas de faraones al lugar. Eso y sus misteriosas luces de los dioses.

No sabía qué era lo que había en ese lugar fantástico y apartado del mundo. Pero lo cierto es que estar allí te hacía sentirte completo: sentías el misterio a tu alrededor, llenándolo todo. No sé si sería por la soledad, por el momento mágico del ocaso o por mi sugestión, pero era prodigioso.

Fue entonces cuando Nasser volvió a hablar.

¾Desde esta loma, al pie de la estela, aparecen las luces. Las hay de muchas clases e, incluso, de diferentes colores. Son muy respetadas por mi pueblo; tanto, que nadie se ha atrevido a acercarse cuando ellas se muestran. Mira, está anocheciendo ya; hemos de partir, no me gustaría que apareciesen y nos pillaran aquí.

¾Vamos a quedarnos un poco más, esta noche hay algo de luna y no creo que corramos peligro ¾le dije.

Pero pude ver su cara de terror y no me hizo falta nada más. Comenzamos el descenso. Al llegar a la faluca ya era noche cerrada. Embarcamos y, a los pocos minutos, llegamos al otro lado de la isla, al hogar de mi anfitrión.

En su casa ya estaba todo listo para la cena. Los niños se unieron a nosotros y las dos mujeres más jóvenes fueron tomando confianza con el extraño que, esa noche les visitaba.

Las risas y el jolgorio comenzaron tras la cena. Mientras los niños se retiraron a jugar, Nasser y yo entablamos una nueva charla. Le confesé que me encantaría poder vivir allí, en aquellos lugares. Fue entonces cuando me habló de las islas que vendía el gobierno. Me interesó la oferta y quedamos para ir a verlas al día siguiente.

La noche se llenó de estrellas y, aunque no aparecieron las luces de los dioses, el espectáculo fue soberbio. Me pregunté: ¿cómo serían las noches que veían los antiguos faraones? Seguro que eran parecidas a aquellas, llenas de magia y fascinación.

Nasser me invitó a ir a dormir y, me acompañó hasta una de las estancias. Un jergón en el suelo sería mi cama esa noche.

Aún me esperaban más sorpresas. Nasser se me acercó y me susurró al oído:

¾Quieren dormir contigo ¾me dijo.

No entendía.

Al ver mi cara de sorpresa, me aclaró:

¾Mis esposas quieren dormir contigo. Puedes elegir a una de ellas o dormir con las dos si quieres.

Me quedé estupefacto. Nasser sonrió mientras sus dos mujeres cuchicheaban tras una cortina. Bajé mi cabeza avergonzado y, lo interpretaron como una afirmación.

Una de ellas entró con una candela en la habitación y me acompañó hasta el lecho. La otra lo hizo enseguida.

Las dos se acurrucaron a mi lado y apagaron la luz. No me moví en toda la noche; estaba anonadado por dormir acompañado por las esposas de mi anfitrión.

Cuando me levanté, ya estaba todo listo para el desayuno: leche de camella y algunos dulces de trigo. La verdad es que había descansado como un bebé. Sonreí a las dos mujeres, que, alegres, me servían los alimentos.

Enseguida estábamos listos para partir. Me despedí de los niños, besándoles en la cabeza, y di la mano a mis dos compañeras de lecho, que reían divertidas. Podrían contar que habían dormido con el extranjero blanco, algo seguramente único en sus vidas. Me fui agradecido y, prometí regresar a verles en otro de mis viajes.

Partimos enseguida en la faluca, Nasser me llevó a visitar varias islas, hasta que una de ellas me gustó. Fue entonces cuando dijo:

¾Esta será tu isla, siempre que vengas a visitarnos. Así tendrás tu espacio en esta parte del Nilo.

Sin quererlo, me había convertido, en una parte del sagrado Nilo en Asuán. Uno de los lugares que más me gusta de ese mágico país.

Tras un corto rato navegando, llegamos a la otra orilla, a la ciudad. Al despedirnos, saqué algo de dinero de mi bolsillo, pues quería pagar a Nasser sus servicios.

La cantidad que me cobraba era ridícula, así que le ofrecí algo más de propina. Él, muy dignamente, se negó. No quiso más dinero que el que hubiera cobrado a otro egipcio. En ese momento no me trataba como a un extranjero.

Le insistí, pero volvió a negarse. Ante su postura, le pedí que me acompañara al mercado de las especias, en el centro de la ciudad. Compré fruta, algunos dulces para los niños y baratijas para las mujeres.

Con fervor, se lo entregué, diciéndole:

¾Es mi regalo para tu familia; eso y mi gratitud. Volveré a visitaros cuando regrese. Gracias, Nasser.

Él me tendió su mano gigante. Me acerqué a él y le abracé.

Vi cómo partía desplegando las velas hacia el sur. Su imagen, sigue en mi memoria a pesar de los años que han pasado. La gente no debería cambiar cuando la bondad es su mejor tesoro, pensé.

Ya instalado en mi modesto hotel, rememoré la visita a la isla y a la famosa Estela del Hambre.

Recordé lo que me contaba Nasser de las luces, las marcas en las piedras, la paz del lugar.

¿Era todo casualidad? ¿O eran los dioses los que, habían dejado su huella en ese mágico lugar?

Tardaría algún tiempo en encontrar la respuesta.